El púlpito

Un dios de metal. Cuatro profetas de Birmingham.

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Llegando

Posted in General on 11 Noviembre 2008 by Predicador

Tras mucho tiempo navegando (demasiado tiempo, pienso con cierta amargura) al fin diviso el púlpito. Se eleva algo más de un metro del suelo, un grueso tocón oscuro, inmerso en un pilar de luz rojiza cuyo origen se pierde en las alturas. A mi alrededor sólo hay oscuridad, esa negrura de la que llevo huyendo años.
Ese púlpito significa salvación, mi último refugio.
Avanzo unos pocos pasos más, elevándome como si flotara, y al fin estoy en él. Me sumerjo en el resplandor sanguíneo de mi dios y siento la energía. Púlpito y el atril que lo preside están realizados en metal negro. Su superficie, bañada en el resplandor rojizo, despide destellos ligeramente morados, cálidos. Deslizo mis dedos sobre el metal y percibo un leve tacto áspero, basto. En el centro del atril aguarda una pantalla de vídeo. La luz de dios, rojiza en su rabia, baña el monitor, pero sin desprender reflejo alguno. Tal y como está ahora, apagada y muerta, la pantalla recuerda a un espejo, una jaula llena de espectros, de fantasmas que imitan a quien mira el interior de su mundo.
Tal y como hacen conmigo ahora.
De riguroso negro, a excepción de mi alzacuellos, contemplo del otro lado del reflejo un rostro demacrado por los años. Enmarcando esa faz, una melena que cae hasta más allá de los hombros. Distingo arrugas donde antes no las había, y los ojos despiden un brillo triste, quizá cansado. No soporto esa mirada vencida, así que saco del bolsillo interior de mi chaqueta las gafas de sol y la oculto por el resto de la eternidad.
Así está mejor.
Toco la superficie de la pantalla con el índice. Recibe mi caricia con calidez, casi podría decir que con acogedoramente. Bajo ella brilla el teclado, una matriz de destellos rojizos rellena de letras, números y otros signos. Compruebo con placer que las teclas, al igual que la pantalla, emanan calor, suavidad.
Mi dios me cuida. Se lo debo agradecer. ¿Y qué mejor muestra de gratitud que usar este podio que me brinda para alabar mil y una veces sus bendiciones?
Sí, mi sitio está aquí; percibo el poder, una energía que me da la bienvenida. Alzo la mirada hacia ese remoto punto rojo, ese ojo encolerizado que todo lo observa. Ilumina mi mente, la llena de palabras. El tiempo del primer sermón se acerca. Me aclaro la voz, entrecruzo los dedos, los estiro hasta que escucho un grupo de crujidos. Justo bajo el frontal del atril, ante mí, encuentro el botón de encendido. La pantalla conjura un primer fantasma de estática y luego… aquí está: la red, dispuesta a darme todo su contenido. Tecleo, muevo el puntero del ratón, accedo y vuelvo a acceder, a buscar. A encontrar. Me sumerjo en la red de redes, guiado por mi dios. Preparo el primer discurso, uno acerca de los cuatro profetas. Las palabras se acumulan en mi cerebro. Muchas, ¿demasiadas? Estoy ungido (rojo sobre negro, sangre sobre metal, vida sobre destino) y gracias al vínculo sagrado sé que no debo excederme: contundencia pero concreción, que el martillo atravesando el casco y destrozando el cerebro. No hace falta cebarse: directo, conciso y decisivo.
Obedezco y tecleo. Maqueto, reviso y lanzo.
He llegado, aquí estoy. El predicador ha llegado a su púlpito. El dios de metal dicta. Su siervo obedece. Que los cuatro profetas guíen mis palabras.
Estoy listo.